Basilea 1869. Cuarto Congreso



Foto tomada en 1869 durante el IV congreso de la AIT en Basilea (Suiza). 
De izquierda a derecha: Monchal, Charles Perron, Mijail Bakunin, Giuseppe Fanelli y Valerian Mroczkovsky


Los esfuerzos de Bakunín para lograr que fuera introducida en el orden del día de Berna la cuestión de la igualdad económica y social como condición sine qua non para obtener la realización de la paz y la libertad fueron vanos. En consecuencia la minoría socialista presentó la moción siguiente:

Considerando que la mayoría de los miembros del Congreso de La Liga de la Paz y de la Libertad se ha decidido, explicita y apasionadaniente, contra la igualdad económica y social de las clases y de los individuos y que todo programa y toda acción política que no tengan por objeto la realización de ese principio no pueden ser aceptados por demócratas socialistas, esto es, por los amigos lógicos y convencidos de la Paz y de la Libertad, los abajo firmantes creen de su deber separarse de la Liga.

Firmaban, entre otros, Eliseo Reclus, Bakunín, Rey, Heller y Fanelli.

Fue cuando se creó la Alianza de la Democracia Socialista que debía pasar a ser una rama de la Internacional pero que fue denegada, tal pretensión, por el Consejo General de Londres alegando que tenía la misma finalidad y los mismos principios que la A. I. T. La Alianza aceptó disolverse a condición de que las diferentes asociaciones formadas en España, Suiza, Italia y Francia, fueran reconocidas por el Consejo como secciones regulares. En fecha 20 de marzo de 1869 el Consejo aceptó la proposición y la Alianza se disolvió en el curso del mes de abril (46).

Si bien es cierto que los principios y los objetivos de la Alianza eran idénticos a los de la Internacional, la misión que aquélla se había impuesto abarcaba un campo mucho más amplio que el estrictamente económico y de organización obrera en que andaba enfrascada la segunda. La Alianza de la Democracia Socialista se presenta, en la historia del pensamiento anarquista moderno, como uno de los primeros ensayos de formación de una entidad específica llamada a influenciar y a orientar hacia derroteros libertarios aquellas organizaciones de conglomerado heterogéneo sobre las cuales fluyen diversas corrientes sociales (47). Más tarde, y en el área nacional, surgieron de nuevo estas organizaciones de carácter específico cuya influencia ha llegado a ser determinante en algunas organizaciones obreras como lo fuera, por ejemplo, la de la Federación Anarquista Ibérica en el seno de la Confederación Nacional del Trabajo en España.

De ahí la negativa del Consejo de Londres, es decir, la negativa de Marx, que veía una infiltración peligrosa en el seno de una Asociación que desde el primer momento consideró de su exclusivo dominio.

El programa de la Alianza constaba de cinco puntos:

I. La Alianza quiere, ante todo, la abolición definitiva y completa de las clases y la igualdad económica y social de los individuos de ambos sexos. Para llegar a este objeto, quiere la abolición de la propiedad individual y del derecho de heredar, a fin de que en el porvenir sea el goce proporcionado a la producción de cada uno, y que, conforme con las decisiones tomadas por los congresos de la Asociación Internacional de Trabajadores, la tierra y los instrumentos del trabajo, como cualquier otro Capital, llegando a ser propiedad colectiva de la sociedad entera, no puedan ser utilizados más que por los trabajadores, es decir, por las asociaciones agrícolas e industriales.

lI. Quiere para todos los niños de ambos sexos, desde que nazcan, la igualdad en los medios de desarrollo, es decir, de alimentación, de instrucción y de educación en todos los grados de la ciencia, de la industria y de las artes, convencida de que esto dará por resultado que la igualdad solamente económica y social en su principio, llegará a ser también intelectual, haciendo desaparecer todas las desigualdades ficticias, productos históricos de una organización tan falsa como inicua.

III. Enemiga de todo despotismo, no reconoce ninguna forma de Estado y rechaza toda acción revolucionaria que no tenga por objeto inmediato y directo el triunfo de la causa de los trabajadores contra el Capital; pues quiere que todos los estados políticos y autoritarios actualmente existentes se reduzcan a simples funciones administrativas de los servicios públicos en sus países respectivos, estableciéndose la unión universal de las libres asociaciones, tanto agrícolas como industriales.

IV. No pudiendo la cuestión social encontrar su solución definitiva y real sino en la base de la solidaridad internacional de los trabajadores de todos los países, la Alianza rehúsa toda marcha fundada sobre el llamado patriotismo y sobre la rivalidad de las naciones.

V. La Alianza se declara atea; quiere la abolición de los cultos, la substitución de la ciencia a la fe y de la justicia humana a la justicia divina.

La admisión de las secciones locales de la Alianza en el seno de la Internacional acarreó problemas de cierta importancia sobre todo el motivado por la negativa del comité central de la sección de la Internacional de Ginebra que no quiso reconocer la dualidad implícita planteada por el ingreso de la sección ginebrina de la Alianza en la Asociación.

Después de seis meses de difícil negociación - escribe E. H. Carr- Bakunin logró forzar la entrada, menos dramáticamente de lo que él esperaba, pero con un puñado de sus seguidores personales, en el seno de la organización central del movimiento proletario. El caballo de madera había penetrado en la ciudadela de Troya (48).

La actividad de Bakunín en aquellos meses que precedieron al Cuarto Congreso de la Internacional a celebrarse en Basilea el 6 de septiembre de 1869 ha resultado ser una de las más prolijas de su tan prolija vida. Escribía regularmente en Egalité, el periódico de la Federación Romanda que editaba Perron y en el órgano que James Guillaume editaba en Locle, Progrés. Cuando Perron tuvo que dejar Ginebra por dos meses, las páginas de la Egalité sólo daban abasto a los trabajos de Bakunín.

El Congreso de Basilea marca el punto culminante de la Internacional: La Asociación Internacional de Trabajadores que, fundada apenas hace seis años -señalará Bakunín- cuenta ya, en Europa solamente, con más de un millón de adherentes, y concerniente a Francia, Edouard Dolleans señata: En 1866, en el Congreso de Ginebra, la Internacional en Francia sólo tenía quinientos adherentes y, en 1868, apenas 2,000. Después del segundo congreso, durante el año de 1869 y los primeros meses de 1870, las diferentes secciones de la Internacional de Francia se elevaron a 245,000 miembros inscritos (49).

Había menos delegados que en Bruselas, 72 en lugar de 100, pero ello lo motivaba el hecho de que mientras los belgas habían acudido a Bruselas con 56 delegados, los suizos sólo acudían a Basilea con 24. Los franceses eran el grupo más numeroso con 25 (50), siendo, las delegaciones restantes de cinco delegados alemanes, cinco belgas, dos austríacos. dos españoles, dos italianos (51), un norteamericano con lo que los Estados Unidos se ven representados en la A. I. T. por primera vez y seis ingleses incluidos los miembros del Consejo General.

El tema de la propiedad de la tierra, ya discutido en Bruselas el año anterior, tuvo que plantearse nuevamente por la insistencia de los proudhonianos que no quedaron conformes con las características colectivistas del dictamen belga. Nuevamente fueron vencidos pero los debates no consagraron solamente la derrota definitiva de los proudhonianos -dicen Sergent y Harmel-, marcaron también una derrota de los marxistas, la más seria, quizás, de cuantas habían sufrido hasta entonces (52).

Siguiendo la clasificación que Jean Maitron ha otorgado a los congresos de la Internacional, el Congreso de Basilea fue de una mayoría colectivista antiautoritaria contra dos minorias proudhoniana y marxista (53).

La declaración sobre la propiedad territorial, en la que sólo Tolain, Pindy, Chemalé y Fruneau votaron en contra, quedó definitivamente redactada así:

El Congreso declara que la sociedad tiene el derecho de abolir la propiedad individual de la tierra, y hacer de modo que ésta entre en la comunidad.

Declara, además, que hay necesidad de hacer que la tierra sea propiedad colectiva.

En este punto, como ha quedado demostrado, hubo una coincidencia de puntos de vista marxista y colectivista pero esta afinidad fue de efímera durada. En cuanto apareció el tema de la herencia, la discrepancia surgió de nuevo entre ambas corrientes.

Eccarius, miembro del Consejo General y portavoz del pensamiento de Marx en la mayoría de los congresos, dijo que la desaparición de la herencia no podía ser el punto de partida para una transformación social, sino una consecuencia natural de la apropiación colectiva de los medios de producción.

Bakunin, que se estrenaba en los congresos de la Internacional, desdobló, en el terreno filosófico, un tremendo ataque a la herencia: el derecho de la herencia, después de haber sido la consecuencia natural de la apropiación violenta de las riquezas naturales y sociales, paso a ser, después, la base del Estado político y de la familia jurídica que garantizan y sancionan la propiedad individual. Y añadía más adelante: La transformación de la propiedad individual en propiedad colectiva chocará frente a grandes obstáculos entre el campesinado. Si después de haber proclamado la liquidación social, se intentara desposeer por decreto a estos millones de pequeños agricultores, se les arrojaría necesariamente en los brazos de la reacción, y, para someterlos a la revolución, será necesario emplear contra ellos la fuerza, es decir, la reacción, Será necesario, pues, dejarlos poseedores de hecho de estas parcelas de las que son hoy los propietarios. Pero, ¿si no abolís el derecho de herencia, qué pasará? Transmitirán estas parcelas a sus hijos con la sanción del Estado, a título de propiedad. Por el contrario, si proclamáis la liquidación política y jurídica del Estado, si se aboliese el derecho de herencia, ¡qué les quedará a Ios campesinos? Sólo la posesión de hecho, y esta posesión privada de toda sanción legal, sin ampararse bajo toda la potencia del Estado se dejará transformar fácilmente bajo la presión de los acontecimientos revolucionarios.

La posición de Bakunín, defendiendo la abolición de la herencia, estaba resumida en una de las dos resoluciones que se presentaron a votación:

Derecho de Herencia: Considerando que el derecho de herencia, que es un elemento esencial de la propiedad individual ha contribuido poderosamente a alienar la propiedad territorial y la riqueza social en provecho de unos pocos y en detrimento del mayor número, y que, en consecuencia, es uno de los más grandes obstáculos para la entrada de la tierra en la propiedad colectiva;

Considerando que el derecho de herencia, por restringida que sea su acción, impide absolutamente a la sociedad la adquisición de los medios para su desenvolvimiento moral y materiaI, y constituye un privilegio que, aunque de más o menos importancia de hecho, no destruye por eso la iniquidad en el derecho, convirtiéndose en una amenaza constante al derecho social;

Considerando que el Congreso se ha pronunciado por la propiedad colectiva y que una declaración tal sería ilógica si no viniese corroborada por la que sigue:

El Congreso reconoce que el derecho de herencia debe ser completa y radicalmente abolido, y que esta abolición es una de las condiciones indispensables a la libertad del trabajo.

En favor de esta resolución votaron 32 delegados. 23 votaron en contra (incluidos los libertarios proudhonianos con Tolain al frente) y 13 delegados se abstuvieron de votar.

La otra resolución, presentada por Eccaríus en nombre del Consejo General, señalaba que la ley de herencia no era la causa sino el efecto, la consecuencia jurídica de la organización económica de la sociedad actual. Para medio satisfacer a las delegaciones partidarias de la abolición de la herencia se transigía mediante paliativos tales como el recargo de impuestos sobre las herencias, y la limitación de las sucesiones testamentarias, pero esta moción fue ampliamente derrotada por 37 votos contra 19, con seis abstenciones y 13 ausencias. Precisamente porque las delegaciones empezaban a retirarse no se logró la mayoría necesaria y ninguna de las resoluciones fue aceptada.

Empero, quedó bien patente que Marx había sufrido una de las peores derrotas de todos los tiempos. Los temores de Marx (54), exteriorizados en carta del 27 de julio de 1869 dirigida a Engels (Este ruso, está claro, quiere convertirse en el dictador del movimiento europeo. Que ande con cuidado porque si no será excomulgado oficialmente) y que éste corrobora (El gordo Bakunín está detrás de todo, esto es evidente. Si este maldito ruso piensa realmente, con sus intrigas, ponerse a la cabeza del movimiento obrero, debemos evitar que pueda hacer daño) se confirman (55). La influencia de Bakunín en el Congreso de Basilea ofuscó la del Consejo General. Marx había calculado mal sus efectivos y lo confiesa en ei Confidentielle Mittheiling del 29 de marzo de 1870 donde señala que el Consejo General había dispuesto la inserción en el orden del día del Congreso, del tema sobre la herencia para poder asestar a Bakunín un golpe decisivo. Después de los resultados, Eccarius no pudo contener una expresión que el propio Bakunín oyera: Marx quedará muy descontento.

Empero y a pesar de esta palmaria victoria, Bakunín llevó a cabo una maniobra en el curso de las sesiones del Congreso, que la convirtieron en una victoria a lo Pirro y me refiero, concretamente al empeño que volcó para revestir al Consejo General de un máximo de poderes en aras a contrarrestar a la sección ginebrina que se oponía a la presencia de los miembros de la disuelta Alianza en el seno de la federación Romarlda (56).

No era el Consejo Generál sino los relojeros de Ginebra lo que le parecía (a Bakunin) el enemigo; y éste era, en consecuencia, su objetivo, independientemente de las diferencias que pudieran haber en algunas cuestiones particulares: fortalecer la autoridad del Consejo General. La ambición de Bakunín en aquel momento era capturar el Consejo General, no destrozarlo. Las denuncias que sobre su despotismo hiciera forman parte de un período posterior de la historia (57).

Anteriormente hemos señalado que la Internacional quizás habría tenido más longevidad sin el impacto de estos mastodontes de la sociología del siglo XIX. Estas luchas intestinas en aras a lograr el dominio de la Asociación tienden a corroborar estas afirmaciones, Fribourg en su obra ya citada, L'Association Internationalle des Travailleurs pareciera coincidir en este aspecto también: Era evidente para todos que Carlos Marx, el comunista alemán, Bakunín, el bárbaro ruso, y Blanqui, el autoritario, formaban un triunvirato omnipotente, resultando que la Internacional de los fundadores franceses estaba muerta y bien muerta. Las ambiciones de Bakunín según el parecer de E. H. Carr, tendían a realizarse pero Marx, antes de ceder la capitanía, prefirió hundir el barco en La Haya.

Otro tema debatido y acordado en Basilea fue el de las Cajas de Resistencia, de acuerdo con el cual, todos los trabajadores deben ocuparse actualmente en crear cajas de resistencia en los diferentes cuerpos de oficio, hasta llegar a la formación de asociaciones de dichos cuerpos. Esas federaciones serían las encargadas de reunir todos los datos interesantes a su industria respectiva, de indicar los medios a adoptar en común, de regularizar las huelgas y de trabajar activamente para salir triunfantes en ellas, mientras se labora para que el salariado sea reemplazado por la federación de productores libres.

El Congreso también creyó conveniente abolir el cargo de presidente en todas las secciones porque no era digno de una asociación obrera mantener en sus filas un tal principio autoritario menoscabando los principios de una organización democrática.



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Notas

(46) No existe pues obstáculo -decía la carta del Consejo General- para la conversión de las secciones de la Alianza en secciones de la A. I. T.

(47) La Alianza, dice Malatesta, fue el alma de la Internacional en todos los países latinos y dio a una rama de la Internacional su impulsión anarquista, como, por otra parte, las ententes intimas de los marxistas dan la impulsión socialdemócrata a la otra rama ... Volontá 7 de Marzo de 1914.

(48) E, H. Carr, Michael Bakunin, pág. 374. New York 1961.

(49) Edouard Dolleans. Op. Cit. pág. 316 Tomo I.

(50) Pareciera que se hubieran dado en Basilea la cita suprema antes de los desgarros definitivos -dicen Sergent & Harmel-, la dispersión y la muerte. Dieciocho meses más tarde, Varlin debía ser uno de los jefes de la Comuna, Tolain uno de los diputados de la Asamblea de VersalIes. Ambos estaban en Basilea. Histoire de l'Anarchie, pág. 373.

(51) Bakunin era uno de los dos.

(52) Sergent & Harmel. Op. cit., pág. 373.

(53) Ver nota 42.

(54) G. D. H. Cole va más lejos. Llega a hablar de la manía persecutoria del autor de El Capítal: Marx, por su parte, muy irritado por lo que consideraba una locura de los anarquistas sin base en la realidad, había adquirido, cuando esta lucha llegó al máximo, una forma agravada de manía persecutoria, que le hacía ver todo el movimiento antiautoritario como una sincera conspiración dirigida contra él, actitud que Engels, en su admiración por Marx, desgraciadamente fomentaba mucho. (Historia del Pensamiento Socialista. Tomo II pág. 185).

(55) Bakunín no estaba ignorante de la opinión que Marx y Engels tenían de él. En la carta a Herzen del 28 de octubre de 1869, ya citada en la nota 13, Bakunín añadía: Sin embargo, podría suceder, y ello en breve plazo, que llevara a cabo una lucha contra él, no por la ofensa personal, compréndase, sino por una cuestión de principio respecto al comunismo de Estado del que él y los partidos ingleses y alemanes que dirige, son calurosos partidarios. Entonces será una lucha a muerte... Correspondance de Michel Bakounine, a cargo de Michel Dragomanov, pág. 289. París 1896.

(56) En carta del 23 de Enero de 1872, citada por J. Guillaume, Bakunin trata de explicar su actitud: Había llegado al congreso de Basilea con esta impresión. que una Federación Regional, guiada por una facción intrigante y reaccionaria, podía abusar del poder, y busqué un remedio en la autoridad del Consejo General.

(57) E. H. Carr. Op. Cit., pág. 380.

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